UN DOMINGO A LAS CORRIDAS
La maratón internacional de Buenos Aires se vuelve una verdadera tradición con la presencia este año de más de 16 mil valientes que corrieron por las calles de la ciudad

Por Maximiliano De Vita Lemus
Aire fresco en Buenos Aires. Un septiembre que trae aparejado una primavera que, según el Servicio Meteorológico Nacional, traerá aparejado algunos problemas climáticos.
La avenida Figueroa Alcorta y Dorrego fue el punto de encuentro para los runners. Aun así, el aire fresco acompaño los movimientos prácticos de más de 16 mil personas representadas en 64 países, sumado a una cifra histórica de más de 5200 mujeres en la línea de salida.
Kenia siempre nos da la nota. Y esta vez Bethwel Kibet Chumba cumplió con los pronósticos y se adueñó de la punta con autoridad, cruzando la meta tras cronometrar unos imponentes 2 horas, 8 minutos y 22 segundos. Muy cerca, aguantando el ritmo feroz, lo siguieron el ruandés John Hakizimana y el también keniata Félix Kiptoo Kirwa.

Después de vivir un final vibrante, a las mujeres les llegó el turno y nuevamente Kenia se vistió de gala. Rebecca Kangogo Chesir voló sobre el asfalto porteño para frenar el reloj en 2 horas, 23 minutos y 31 segundos. Con este registro descomunal, Chesir no solo se quedó con la medalla dorada, sino que pulverizó el récord histórico del circuito de la capital argentina, desatando la ovación de todo el público apostado en la llegada.
Desde el lado regional, el mejor ubicado fue el chileno Ricardo Rojas quien se consagró como el mejor latinoamericano de la jornada (2:14:47), mientras que Ignacio Erario hizo lo propio para la bandera celeste y blanca con una gran actuación, registrando 2 horas, 16 minutos y 34 segundos. En damas, la destacada Chiara Mainetti lideró la bandera nacional dentro del top ten general.

La Maratón de Buenos Aires demostró otra vez por qué es la cita de fondo más importante de Sudamérica: un evento donde conviven la alta competencia internacional y la épica personal de cada finisher que logró vencer sus propios límites.
En cada esquina, vecinos, familias y desconocidos se unieron en un solo grito de aliento con naranjas, agua y aplausos que oficiaban de motor invisible para los miles de corredores aficionados que sufrían y disfrutaban el tramo final.
